EE.UU.: el regreso un pasado atroz / USA: The Return to a Horrific Past

Por Maximino Rivera López, Presidente Comité de la Diáspora PIP

 

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La historia de terror y violencia que caracterizó a los EEUU en parte de su historia parece haber regresado bajo un nuevo y aterrador disfraz. Es escalofriante cuando comparamos la campaña de bombardeos a lanchas en aguas del Caribe y el Pacífico de parte del ejercito estadunidense con la historia de los linchamientos en el sur de ese país y surgen paralelismos innegables. En ambos casos se recurre a la ejecución extrajudicial de personas marginadas y se evidencia un total desprecio por el proceso legal y la espectacularización pública de la muerte como una herramienta de control político. 

Hoy, en aguas del Caribe y el Pacífico, la historia se repite. Esta vez lanzando misiles contra pequeñas embarcaciones y ejecutando sumariamente a sus ocupantes bajo la mera sospecha de ser “narcoterroristas”, sin presentar pruebas de sus supuestos crímenes o de que de hecho representan una amenaza inminente. Exactamente esto era a lo que los afroamericanos eran sometidos. Turbas blancas, operando bajo una presunción de culpabilidad, ejecutaban a sus víctimas por meras sospechas o acusaciones infundadas. Organizaciones de derechos humanos han condenado estos ataques a lanchas como asesinatos y ejecuciones extrajudiciales recordando que el estado de derecho exige el arresto y el procesamiento, no la aniquilación sumaria mediante un acto de guerra.  

Pero ahí no acaba la similitud, la macabra celebración de la violencia como espectáculo público en la que multitudes blancas se reúnían en un grotesco ambiente de fiesta a presenciar la tortura y muerte, llegando incluso a documentarla con fotos para luego venderlas como postales, hoy se transforma en la repugnante práctica de un presidente que comparte en sus redes sociales los videos del bombardeo de las lanchas y se jacta de su brutal destrucción. 

En ambos casos impera también la impunidad institucional. En el caso de los linchamientos, los responsables casi nunca enfrentaban la justicia y las autoridades incluso colaboraban con el proceso llegando incluso a entregar las víctimas a las turbas para que fueran ejecutadas. Hoy esa impunidad llega por medio de memorandos secretos y el invento de un inexistente conflicto armado como pretexto para tal atrocidad. 

En ninguno de los casos la intención era genuinamente impartir justicia. El verdadero propósito era infundir terror y ejercer dominación. En el caso de los linchamientos fue una táctica sistemática para subyugar la población negra y mantener la supremacía blanca. De manera análoga, los bombardeos de las lanchas se escudan en una supuesta “guerra contra las drogas” para establecer control político en latinoamérica usando la vida de civiles y pescadores como peones desechables en un letal juego de coerción política. 

Somos testigos de un regreso a los capítulos más execrables de la historia estadunidense. La violencia letal del estado no puede ser la respuesta a la conveniencia política. Aceptar el asesinato extrajudicial, ya sea bajo un árbol o en la profundidad del mar, no puede ser tolerado. La comunidad internacional debe exigir transparencia, rendición de cuentas y el cese inmediato de estos crímenes so pena de convertirse en cómplices de los mismos ante la mirada de la historia. 

***English Version***

 

USA: The Return to a Horrific Past

The history of terror and violence that defined the United States at one point appears to have returned in a new and terrifying disguise. When we compare the US military's bombing campaign on boats in Caribbean and Pacific waters to the history of lynchings in the country's south, undeniable parallels emerge. In both cases, marginalized individuals are executed extrajudicially, with no regard for the legal process or the public spectacle of death as a tool of political control.

Today, in the waters of the Caribbean and the Pacific, history repeats itself. This time launching missiles against small vessels and summarily executing their occupants on mere suspicion of being "narcoterrorists," without presenting evidence of their alleged crimes or that they actually pose an imminent threat. This is exactly what African Americans went through. White mobs, operating under a presumption of guilt, executed their victims on mere suspicions or unfounded accusations. Human rights organizations have condemned these boat attacks as murders and extrajudicial executions, reminding that the rule of law requires arrest and prosecution, not summary annihilation through an act of war.

But the similarity does not end there; the macabre celebration of violence as a public spectacle, in which white crowds gathered in a grotesque party atmosphere to witness torture and death, even going so far as to document it with photos to later sell as postcards, has evolved into the repugnant practice of a president who shares videos of boat bombings on social media and brags about their brutal destruction.

In both cases, institutional impunity prevails. In the case of lynchings, the perpetrators almost never faced justice, and the authorities even assisted in the process by handing over the victims to the mobs to be executed. Today, that impunity comes through secret memos and the invention of a nonexistent armed conflict as a pretext for such atrocity.

In none of the cases was the intention genuinely to impart justice. The true purpose was to instill terror and exert domination. In the case of lynchings, it was a systematic tactic to subjugate the Black population and maintain white supremacy. Similarly, the bombings of the boats are cloaked in a supposed "war on drugs" to establish political control in Latin America, using the lives of civilians and fishermen as disposable pawns in a lethal game of political coercion.

We are witnessing a return to the most execrable chapters of American history. State-sanctioned lethal violence cannot be the answer to political convenience. Accepting extrajudicial killings, whether under a tree or in the depths of the sea, cannot be tolerated. The international community must demand transparency, accountability, and the immediate cessation of these crimes, or they will be held complicit in the eyes of history.